En poco se parecen a octubre estas mañanas, mas son mañanas frágiles y saben a corteza de humo campesino, a convicción rural, a incertidumbre en rama y de esta voz de liquen han caído estas hifas sin valor ni sustancia.

-Aurelio González Ovies-

sábado, 8 de octubre de 2011

Asturias



AURELIO GONZÁLEZ OVIES
Asturias, si yo pudiera, si yo pudiera contarte. Si yo pudiera decirte, y pudieras tú escucharme Por donde quiera que miro, por donde quiera que paso, no veo más que vacío, no piso más que pasado. Montañas que nos aíslan, caminos prejubilados, bosques enfermos de sombra, campos que ya no son pasto. Herrumbre, ruinas, raíles; carrizos, barro y barrancos.
Aldeas donde el olvido sangra por todos sus caños, veletas desorientadas en el vano del tejado. Rosas silvestres que afirman la soledad de los marcos; gallinas que picotean del abandono los granos. Manzanos vivos de muérdago, vestigios de espantapájaros. Corredores donde esperan a sus difuntos los gatos. Bardales, zarzas, retamas; rodadas, berros y cardos.
Paneras donde agonizan las vértebras de los carros. Razas rurales que arriendan su identidad y sus sábados. Riqueza traicionada por subvenciones y pactos. Región para cazadores y dos osos amaestrados. Linderos que no limitan sino con los avellanos. Ríos de seca corriente, por más que sigan bajando. Abrevaderos, tritones, águilas, cuervos y grajos.
Comarca museizada en trisqueles y urogallos. Verde poeta a derroche en dípticos y calendarios. Tierra para telarañas y lamentos de venados. País con la lengua rota, trozada por artesanos. Tradiciones enristradas en vigas y diccionarios. Aire por el que ni surcan las crines de los caballos. Barrenas, frío, barbecho, terrones, cuadras y páramos.
Jóvenes aves que vuelan en pos de un cielo más claro. Espacio que no soporta su tanto espacio parado. Concejos que nadie habita más que la luz y los tábanos. Ancianos que se adormecen en los asilos urbanos. No sé, tal vez me equivoco, quizás fui siempre un romántico. Tal vez no pasan ni miran, por donde yo miro y paso. Asturias, si yo pudiera.Te vale más no escucharlo (La Voz de Asturias, 13-09-08).

El infinito es frágil como el amanecer


AURELIO GONZÁLEZ OVIES
El infinito es frágil como el amanecer y alguna tarde sube a la lenta canción de las campanas. El infinito es, pero no está. Pudiera, acaso, ser puro recuerdo. O un amante imposible de la tierra. O conjetura o perspectiva o droga dulce o palidez o compás o plumier con pinturas de cera o tajalápiz o pozo de agua o luz.

Pero es nada y es todo supersticiosamente. Funambulista, humo, caparazón, simiente, visillo, sobredosis, meteoro, molino. El infinito siente temor algunas noches. Y quisiera que un beso le cayera en la frente o que una madrecita le dijera al oído: duerme, no temas, sueña.

Y entonces el infinito sueña que es algo pasajero, fugaz como una prenda humana. Que es algo semivivo, como un cuerpo. Que es algo susceptible, como un hilo. Sueña que es algo muy sencillo, como un día, o una historia, un lugar, una palabra, un vuelo, una tristeza. Y al soñar algo de todo un poco, comprende que de nuevo es ya lo que no quiere.

No quiere ser infinito.

Y quisiera morir en las enciclopedias o en las barbas azules de los filósofos. Y quisiera morir en su casa natal. Y quisiera morir pretendiendo un deseo. Y quisiera morir conociendo una rosa. Y quisiera morir. Morirse de infinito. (La Nueva España, 1-10-08).

El infinito es también un pecado


AURELIO GONZÁLEZ OVIES
El infinito es también un pecado y un castigo y virtud de pureza. Y no duerme entre frutas como los dioses. El infinito está sobre todas las cosas. Y en las pinturas púrpura de Pompeya y en los gatos que comen el invierno y en la lentitud inasequible de las funerarias. El infinito es menos que nosotros y no posee cuerpo ni alma ni tristeza ni anillos ni mirada. El infinito vuela en escobas de palo. Y existe desde el origen como los cuentos.

El infinito tiene mitad por todas partes y vive de colores y formas infinitas. El infinito es hombre y mujer y caballo y festón y componente rítmico de los jilgueros. Pero por todas partes el infinito es sombra.Y no puede expresar sus sentimientos ni estar bajo esas noches que merecen la vida. Ni mirarse en la paz del agua de la mar del cantábrico en calma. Ni pasar por los puentes dorados del verano. Ni subirse a los trenes. Ni plantar un otoño.

Ni sufrir tan siquiera.
El infinito es menos que algún pájaro azul. Y habita en las espinas de los barcos que han muerto y en las casas cerradas para siempre. El infinito huele como los libros viejos. Y alumbra todavía con carburo. Y quisiera tocar las cuentas de un rosario.

El infinito nace donde se esparcen las cenizas




AURELIO GONZÁLEZ OVIES

   El infinito nace donde se esparcen las cenizas. Y en su silencio se desenvuelven víboras. Nuestras dudas son limitación del infinito. Nuestra lengua no tiene tantos adverbios como su hábitat. Hacen falta insectos para alcanzar el infinito y tambores y cúpulas y centros y fenómenos y fugas y circunstancias. El infinito es tan impersonal como la cuarta persona y comporta un sujeto de vacío centauro. Hace falta salud para entender el infinito. Y que la sintaxis asuma su nostalgia.
    El infinito ruega por nosotros y se parece un poco a la noche del cuarenta y tantos de noviembre y al lejano ladrido de los perros y a la sensualidad de los veleros. El infinito es un número subjuntivo, es algo más que el dos pero no llega al tres y sobrepasa. Es número ilegítimo, fruto de la inconsciencia y los dibujos gigantes y mágicos y hermafroditas de los niños.
    El infinito a veces siente pena y llora como los monarcas en su grandeza. Y sueña con ser algo. Sueña con ser materia o forma o hebra o tren o lazarillo o fiesta o rey de espadas. O gondolero o caserón o lápiz o libro viejo o línea o filarmónica o papel de regalo. O estado infinitivo como los presos. El infinito desconoce las llaves y no recibe cartas. Y quisiera ser litro o sedimento o configuración o esfera o zapato de príncipe con cordones de oro. O una historia de amor que se acabara.

Madrugadas de Octubre




LA VOZ DE ASTURIAS
08/10/2011 00:00 / Aurelio González Ovies
Estas mañanas de otoño, de lo que permanece del otoño, en poco se parecen a las que yo he vivido. En nada, sino en la lenta luz que traspasa los setos y hace fulgir las gotas del rocío que porfía. En nada más que en esa ‘ocritud’ que invade pusilánime las copas de los álamos y los castaños. En nada a no ser en la impalpable presencia de algo muy semejante a una desbandada, a un final desiderable y tardo. A no ser en las pláticas de los ‘raitanes’ que se posan aún en los cables de octubre y escucho todavía como un a ser diminuto que avista un gran milagro. Excepto en los ovillos de niebla que destilan, a lo lejos, las aldeas que bullen y madrugan.

Estas mañanas de otoño en las que me levanto con cierta hipocondría y ya desde muy pronto me siento un ente solo en medio de la tierra, al borde de unas horas, me obligan a pensar que sólo persevera intacto y puramente lo que el hombre no toca, lo que ignora y desprecia por impotencia acaso; aquello que adivina que no alcanza y relega y olvida para siempre con desprecio de humano. No más que las exactitudes libres e incorruptibles, los incorpóreos atlas de la luz, la voluntad del sueño, las aspas del ciclón o el ímpetu del fuego.

Estas mañanas de otoño me confunden. Una acidez extraña me despierta a menudo y algo deshoja en mí, algo se hunde muy cerca de mi respiración, justo donde reciclan el corazón y el vértigo. Y, como el niño que era, vislumbro que me aplastan la oscuridad y el peso. Que me sellan los ojos con angustia a destajo, que me obstruyen la boca con un chorro de espanto. Que una fiebre exaltada me aminora, hasta el punto de ver cómo me escurro entre mis propios dedos y me escucho filtrar con la fútil finura de un hilo de ceniza.

Estas mañanas son un indicio certero: nunca descifraremos lo que dicen los pájaros cuando surcan el aire, ajenos a nosotros, tenacidad arriba, como rumbo a un destino -qué distintos al hombre que se mata y los mata- muy querido. Nunca lo que chispea altísimo, entre los astros, en estos amplios cielos de noches tan templadas. Jamás por qué siguen surgiendo los ríos y las fuentes con transparencia sólida; por qué no se han tragado tras tanta tropelía; por qué nos son tan útiles aún con su frescura. O por qué en un deshielo de coraje no bajan y revientan el mundo.

En poco se parecen a octubre estas mañanas, mas son mañanas frágiles y saben a corteza de humo campesino, a convicción rural, a incertidumbre en rama y de esta voz de liquen han caído estas hifas sin valor ni sustancia.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Asturias


Asturias, si yo pudiera, si yo pudiera contarte. Si yo pudiera decirte, y pudieras tú escucharme Por donde quiera que miro, por donde quiera que paso, no veo más que vacío, no piso más que pasado. Montañas que nos aíslan, caminos prejubilados, bosques enfermos de sombra, campos que ya no son pasto. Herrumbre, ruinas, raíles; carrizos, barro y barrancos.
Aldeas donde el olvido sangra por todos sus caños, veletas desorientadas en el vano del tejado. Rosas silvestres que afirman la soledad de los marcos; gallinas que picotean del abandono los granos. Manzanos vivos de muérdago, vestigios de espantapájaros. Corredores donde esperan a sus difuntos los gatos. Bardales, zarzas, retamas; rodadas, berros y cardos.
Paneras donde agonizan las vértebras de los carros. Razas rurales que arriendan su identidad y sus sábados. Riqueza traicionada por subvenciones y pactos. Región para cazadores y dos osos amaestrados. Linderos que no limitan sino con los avellanos. Ríos de seca corriente, por más que sigan bajando. Abrevaderos, tritones, águilas, cuervos y grajos.
Comarca museizada en trisqueles y urogallos. Verde poeta a derroche en dípticos y calendarios. Tierra para telarañas y lamentos de venados. País con la lengua rota, trozada por artesanos. Tradiciones enristradas en vigas y diccionarios. Aire por el que ni surcan las crines de los caballos. Barrenas, frío, barbecho, terrones, cuadras y páramos.
Jóvenes aves que vuelan en pos de un cielo más claro. Espacio que no soporta su tanto espacio parado. Concejos que nadie habita más que la luz y los tábanos. Ancianos que se adormecen en los asilos urbanos. No sé, tal vez me equivoco, quizás fui siempre un romántico. Tal vez no pasan ni miran, por donde yo miro y paso. Asturias, si yo pudiera.Te vale más no escucharlo
(La Voz de Asturias, 13-09-08).

Recita:
Joaquín De la Buelga
LA CARAVANA DEL VERSO
Música
Nightnoise


Producción
Juan Taboada


Grabación
Estudios La Nozal- Llanera
(Principado de Asturias)
Realización vídeo
MGE
Imágenes
T.I.F. Fotos
abandonalia.blogspot.com
asturnatura.com
MMXI

martes, 16 de agosto de 2011

Tras el fin


Cuando un libro termina, es como si marcharan algunos familiares y se elevara un pájaro de letras entrañables. Y estallara la tarde dividida y ausente, muy lejos de nosotros. Y en el paisaje cambian los límites precisos, la luz y el filamento del que pende el carácter. Y algo que nunca fue sucede desde entonces, para siempre y de pronto. Algo que no pensábamos ni imaginar jamás se instala en nuestras vidas, se posa en las ventanas, se mueve entre los árboles o nos hace llorar en ciertas ocasiones o nos roza en los labios como el agua más fresca o nos agrieta el alma como dolor punzante.

Cuando concluye un libro, se rescinde una época y dejamos atrás un presente inactual y un después y algún antes. Y se emprenden orígenes, insospechados brotes sobre nuestro destino del que apenas sabemos ni una página sola. Se inauguran un frío, un amor, una máscara. Y se obstruyen un plazo, una ilusión, un trámite. Conocemos poblados que en nada nos conciernen, descubrimos costumbres, contingencias y augurios, sospechamos indicios y en nuestros ojos vibran grandiosos ventanales. Acontecen confianzas en seres incorpóreos, degustamos sabores de frutos increíbles y nos hacemos cargo de culpas y de adeudos, de raros sentimientos, de una inquietud chocante.

Cuando un libro se acaba, empieza un recorrido por la melancolía. Y atravesamos rutas que nadie más entiende, así de esa manera, que nadie más comparte. Y nos encariñamos con futuros ilógicos, con mansiones ajenas, con sabores agrestes, con nombres que no son más que palabra en hebra, con rostros que llegan ni siquiera a ser carne. Y parece que llegan a nuestro corazón turbaciones insólitas, sonidos muy recientes, historias que se incrustan definitivamente en los pliegues purpúreos de la sangre.

Cuando se cierra un libro ya no somos tan «únicos nosotros» y nos entran temores y se enajena el ánimo y la fe es más incierta y demuda el semblante. Y se derrumba o crece una felicidad que nos vence o nos yergue, que nos marca esa hora irrepetible y breve, que eterniza ese instante. Y se conectarán en la frágil memoria personajes y aromas, ladridos de los perros, naturaleza y fábula, realidad de libro e invención de esa tarde. Subsistirán, tal vez, en sus lomos y título un recuerdo del viento, un animal al lado, una flor vistosísima, una jornada insulsa, un viaje, una canción, una nube muy rápida, un fulgor de tormenta. Algo muy similar a cuando se desgrana el volumen muy íntimo de un equipaje.
(La Nueva España, 11 de agosto 2011)