En poco se parecen a octubre estas mañanas, mas son mañanas frágiles y saben a corteza de humo campesino, a convicción rural, a incertidumbre en rama y de esta voz de liquen han caído estas hifas sin valor ni sustancia.

-Aurelio González Ovies-

viernes, 21 de octubre de 2011

Gozón, imaxe a imaxe



El paisanín que va cola gadaña. Les sábanes al verde nuna llosa. La portiella madera medio muerta. Los gatos a la caza de los topos. Los manzaneos que yá s'atopen vieyos. Los bidones la lleche na cuneta. La niebla llevantándose con calma. Les gaviotes de Peñes alborotando. Un neñu que s'allexa en bicicleta. El ruíu la cacía al mediudía. Les fabes esguilando poles vares. Los balcones abiertos, les alfombres. Un balagar na claridá de xuliu. Una lata d'aceite con xeranios. Antromero coles xanes n'arena. L'alma blanca de Lluanco hasta la playa.
(La Nueva España, 4 febrero 2007)

Palabras en obras




AURELIO GONZÁLEZ OVIES
Palabras en obras, veladas por los lienzos de los restauradores, que posiblemente no serán nunca expresiones definitivas, con las que referirnos a lo repentino y olvidadizo. Desconfiadas de lo que decimos, apartadas de la ideología y los ismos gremiales de los diccionarios. Dadas de sí por el uso y las modas, traicionadas, vacías y pesarosas, arrepentidas de haber arrendado su eco. Arrepentidas de haber manifestado lo que no debieran ni representan.
Existen palabras como frascos de esencias muy vetustas, que al ser destapadas nos aturden. Como candiles, para facilitar el acceso a la noche y a los desvanes de la memoria y el abandono. Como estampidos, para acobardar a los furtivos que merodean nuestra soledad y nuestras convicciones. Como aguaceros, para los ciclos de sequía y sed. Como cielos despejados, sin nube alguna, para creer que somos verdaderamente felices. Como sangre inesperada y golpes terribles, para aceptar que nos debemos a los contratiempos y a la desdicha.
Al menos, con las palabras que suben a mi voz, muero paulatina y decididamente; vivo en frágil paz y en desorden, contrarío la voluntad de los jerarcas, desoriento suspicacias, tergiverso el automatismo, improviso rumbos y contingencias, redimo represiones, blasfemo y atento contra mi actualidad y sus desastres, contra mi existencia y su superficialidad y sus sacrílegos alfabetos. Con las palabras, al menos reflejo mínimamente la sombra de lo que soy (La Nueva España, 30-07-08).

lunes, 10 de octubre de 2011

¿Dónde el tiempo?


AURELIO GONZÁLEZ OVIES
Me confunde esta luz de primavera con que se extinguen los meses de febrero y marzo. Me confunden las estaciones, los días y los años. La prontitud con la que todo se posa y vuela de mis manos. La distancia que me acerca o la cercanía que me aleja a quien soy, a quien he sido. Vivo en mi confusión, lo confieso. Lo que es hoy me suena muy desconocido, muy apremiante, lo que se vuelve ayer me parece muy indeterminado. Deambulo entre el vacío y la ceniza, entre lo desconocido y lo transitado, y sin embargo, tengo la certeza de que nada, en ese camino entre lo andado y lo inexplorado, nada me ha reconocido como suyo. ¿Nada? ¿Cuánta verdad cabe en nada? ¿Nada es vacío; todo lo que acontece es, al fin y al cabo, nada?

¿Dónde el tiempo? ¿Cuándo empieza, cuándo nos acaece, cuándo termina? ¿El olvido y la ausencia son tiempo? ¿Hay tiempo en los espejos o en las corrientes o en las sombras; o tan sólo transcurre a ritmo humano? ¿Por qué nos duele el tiempo si apenas nos atañe, por qué nos hiere? ¿Si dispusiéramos de más tiempo, de todo el tiempo, entenderíamos el amor de igual manera; esperaríamos con igual intensidad; nos afanaríamos en idénticas torpezas; erraríamos tan a menudo; mataríamos tan ligeramente? ¿Dilata el tiempo? ¿Por qué el tiempo en el dolor y en la tristeza sobreviene tan largo, tan disperso; por qué el tiempo del sufrimiento se desliza tan lento y tan abandonado? ¿Es tiempo el hielo, cómo contar su detención, cómo medir sus lapsos?

¿Era yo aquel muchacho que hace tan poco ¿poco es mucho? andaba por los prados, descalzo e impreciso, enamorado de grillos y libélulas? ¿Soy yo aquél que camina de la mano de una mujer gordita y no muy alta, que sentía pavor por culebras, en busca de moras y de manzanilla? ¿El que ayuda a su padre, casi todos los domingos, entre cotón y grasa, a reparar motores y limpiar piezas, era yo, lo soy? ¿Soy yo ése de la raya al lado, el que lleva unas galletas de coco en la cartera y se dirige a la escuela como quien va a un suplicio? ¿Es el mismo viento el que me despeina, las mismas nubes las que cruzan desesperadas el cielo de esa mañana de mayo? ¿Es algo lo mismo, alguien siempre él mismo?

¿Quién canta, como desde muy allá pero aquí, a mi lado, ‘agora non, mio neñu, agora non’ y me acoge en su regazo y me acaricia el pelo? ¿Son tiempo de verdad, tiempo otra vez, tiempo nuevo los espacios que nutren los recuerdos; o acaso recordar es, a fin de cuentas, desperdiciar el tiempo real? ¿Realidad y tiempo coinciden, se corresponden? ¿Hay realidad al margen del tiempo? ¿Lo que ya no recuerdo para qué ha sucedido, qué volumen ocupa en los relojes de mi dimensión? ¿Cuánto mide un año; cuántos centímetros median entre la actualidad y el después? ¿Quién dice mañana, a qué amplitud se refiere? ¿Ayer depende de una noche? ¿Una sola noche nos separa definitivamente de todo este presente? ¿Qué cortedad determina el presente, cuánto pesa, cuándo pasa?

¿Por qué persigo en los sueños el tiempo consumado, por qué retorno una y otra vez y siempre a mis muertos y los contemplo y veo cómo suben, plácidos, eternidad arriba, con sus perros antiguos, y observo cómo abren las puertas de su casa, y los llamo y me escuchan y vienen hacia mí con sus brazos abiertos, sonriendo, con salud y ropas de humo? ¿Soñar es también tiempo? ¿Permanecen en mí, más dentro, los sueños en los que acaricio ilusiones, son más míos que todo lo que pretendí atrapar inútilmente?

Sé muy poco del tiempo. Apenas nada. Conozco su erosión, su fuga, sus lesiones. Con un paso desde ahora hacia adelante llego al futuro, que no es más que un escaso momento, un ya y un nada; un paso hacia atrás ya no es viable, menos que después, menos que nada… (La Nueva España, 26-03-08).

Recuerdos de lo que olvidé


AURELIO GONZÁLEZ OVIES
Aquellas mañanas de frío y de miedo a que me sacaran a recitar reyes y ríos de España, frente a un viejo mapa, con una regleta. El viento y la lluvia, contra las ventanas, y las espineras, gigantes y corvas, luchando en la noche en plena galerna; y un misal antiguo sobre la mesita. Y mi tía abuela rogando a Dios y a todos los santos que aquello no fuera el final del mundo, que no nos ahogara un nuevo diluvio, rezando una salve, recordando al cielo que posiblemente viniera otra guerra.

La otra mañana ¿del sesenta y ocho?, en la que Jesús se colgó del árbol. Y a mí me llevaron a los Abanales y dormí con él, con su cuerpo frío, mientras esperaban por la funeraria, la última siesta. Y las tardes grises, en casa Vicente, cuando me subía al hórreo y veía Bañugues tan lejos, después de los pinos de por Entrerríos y una curva triste de la carretera. Y las largas tardes, en casa el Zamarru, yendo cada poco hacia la portilla, por mirar si alguien llegaba a buscarme, antes de la hora crucial de la cena.

Y la fiebre súbita que me hacía soñar que el techo bajaba, bajaba y bajaba, caía sobre mí; y olía por momentos el vaho de eucalipto que me colocaban en el cabecero y el que habían cocido en una tartera. Las lóbregas noches que no se acababan, huérfanas de luz tras una tronada, entre el fuego débil y el chisporroteo de una o de dos velas.

Y las otras noches en que no cabían más desconfianzas: el corretear de ratones jóvenes por entre las vigas de nuestro desván y el rodar dormido de los viejos trastos o de las patatas; el murmullo rítmico de alguna gotera. Y el pensar frecuente, como una costumbre, que todo tendría un final muy próximo -qué extraño en un niño y, sinceramente, qué rabia y qué pena-: los seres, los perros, la casa y el seto, la fuente y la higuera.

Y todos los otros temores constantes: el dulce pecado, pecado bendito, acechante siempre, la duda continua, la aprensión diaria, el recelo absurdo, la inútil sospecha. Y el pasado vacuo pesando en los hombros -qué raro en un niño y, sinceramente, qué larga condena- con sus sacos llenos de melancolía por lo que aún no había ni surgido apenas.
(La Nueva España, 10 de noviembre de 2010)

domingo, 9 de octubre de 2011

Lejano yo


AURELIO GONZÁLEZ OVIES
¿Cuánto tiempo ha pasado desde que yo no siento tan honda y limpiamente la amplitud del verano ni me paro a observar el verdor de las hojas ni me siento tranquilo a la sombra de un árbol ni me adentro sin premuras ni heridas por los viejos caminos que tanto he caminado? ¿Cuál fue el punto de fuga, el momento preciso de tan definitivo desencuentro? ¿Queda todo perdido o subsiste incólume e inasible en las esplendorosas campiñas de la infancia?
¿Dónde me habré abandonado por vez primera, dónde me habré mudado y dejado mi ser como dejan tirada las culebras su camisa ya vieja? ¿Cuánto hace que no siento la honesta frescura de la brisa ni me asomo a la mar y lanzo piedras al eterno afán de las mareas? ¿Cuánto que no me abrazo con el cariño antiguo ni me pregunto, con sincera mirada, qué es lo que quisiera, qué busco, que no sueño, por qué me alejo tanto de mí mismo? ¿Qué espero que no haya sucedido, qué no ha sido de lo que yo esperaba?
¿Me parezco ahora en algo a aquél que cruzaba los prados protegido, agarrado a la maternal mano de Remedios; algo a aquél que andaba por entre la cintura del maíz arrancando las barbas para trenzar bigotes de mentira que pegábamos con jabón en la niñez de nuestras caras? ¿En qué a quien le entusiasmaban las charcas y los juncos y los abrevaderos, donde pasaba tardes enteras, entre tritones, musgos y renacuajos ágiles, con un colador roto y una lata?
¿Cuánta distancia queda hasta sus ojos nítidos, hasta su corazón sin desconfianza? ¿Por qué nunca más vino a trepar las higueras y a esconder las luciérnagas en cajas de cerillas? ¿Por qué jamás regresa en julio, hacia el ocaso, echado entre la hierba en lo alto de los carros tirados por las vacas? ¿Qué hay en los tendejones antiguos de su vida, qué queda de sus gomeros y de sus zancos, de sus trabucos de madera y sus chanclos gastados y sus botas de agua?
¿Qué parte de mí será más firme, qué fracción de lo que era y cuál más cierta de todas las que fueron descosiéndose o defraudé temprano o deshojaron prontas antes de que yo las desprendiera o dejara olvidadas entre cantos de cucos, manzanilla, malvises y los cables tendidos por las arañas del tronco del laurel a cualquier rama? (La Nueva España, 19-05-10)

Trino ancestral



AURELIO GONZÁLEZ OVIES
¡Ay de lo que no se ve y no se escucha en este fabuloso jardín nuestro! Aquí, donde todo es posible y evidente: origen y acabamiento. Cuánto darían por permanecer a la sombra los artífices de la luz, los obreros de los reconocimientos y las nombradías! Porque todo se olvida igual que se nombra, y ellos lo saben.
En este fabuloso jardín nuestro existe un pájaro que en-canta, pero nadie lo ha contemplado. No se plasma en los catálogos ornitológicos ni en los inventarios acostumbrados, mas entusiasma y pervive. Dicen que a ninguna otra especie imita y que, de atardecer en atardecer, surge como una partitura de silencio e inunda los valles. Y que hay quien, a pesar de ignorarlo, lo venera.
Adivinan que no frecuenta ramas altas ni árboles autóctonos. Censuran, en términos de ave, su altivez y su insolencia. Analizan su trino, presagian su amplitud, comparan su dulzura. Escriben sobre él tratados y estadísticas. Especulan su reino y su genealogía. Y hay quien si lo apresara, sin apenas tentarlo, lo envenenaría.
Comentan que es un género adventicio. Que incomoda. Que no merece un credo ni un paisaje ni una jaula. Pero en este fabuloso jardín nuestro es todo muy puntual, a su debido tiempo; y en ocasiones transcurren miles de años, cientos de paradigmas y no suceden un módulo insólito ni un siglo (Hesperya, año 2007).

Para escuchar:

sábado, 8 de octubre de 2011

Dedicatoria



AURELIO GONZÁLEZ OVIES
Para mi tierra y mis gentes, un poema elevado sobre la salud y la longevidad, con bellas vistas a la eternidad y multitud de senderos por entre girasoles y espigas dóciles. Rodeado de mar y de escarpados litorales que impidan a las naves del infortunio y a sus contrabandistas atracar en sus límites. Un poema donde la vegetación sea tan espesa como la niebla de mis primeras mañanas en el mundo y los fértiles arbustos deshojen abundancia al borde de la necesidad, y desprendidas aguas surquen la sequía. Para mis gentes y mi tierra, un volumen inacabable de naturaleza y aire puro y talante pesquero y vigor campesino.

Para la Tecu, enunciados portentosos y fundadas verdades que soporten las monumentales curvaturas de la existencia; resonancias de la fe antigua y sílabas no desencantadas, para recomponer los nombres y los propósitos. A Beru, extensísimos versos de plantaciones al sur de la primavera, con barandales y cenadores por donde trepen los rosales y la ensoñación, con aves brillantes, esbeltos cormoranes y sabrosas connotaciones. Al Mico el interior del silencio, los arrecifes de la soledad y el fondo esmeralda de la discreción. Para el Lulillo un puente levadizo desde los sólidos paraísos perdidos a la resbaladiza superficie de la actualidad, en la que jamás ha querido instalarse con su equipaje de soñador.

Para el Cuxa, arpones de idioma que impidan a la edad, como a un pez carnívoro y letal, sumergirse en sus piernas y devorar la agilidad. A la Bis, cláusulas de fantasía con palacios humildes, fuegos encendidos y mucho viento en los balcones de su pasado continuo. Para Biusco, manuales imposibles donde una débil realidad se imponga sobre la tropelía acostumbrada en que vivimos. Para Gelinos, romances de nordeste y maizales altos alrededor de agosto, con gusto a sal marina. A la Trucha, rimas minerales en las que pueda extenderse al sol, como una lagartija, desde el verano de mil novecientos sesenta y tres, al fondo de Bañugues. Para la Gus, una ocasión de mentira, henchida de posibles verdades y de la pubertad más duradera.

A la Geisha, una estrofa apacible, al borde de un molino, con el rumor de un río, donde reflejen por siempre la claridad de mayo y los jóvenes rostros desaparecidos. Para Aurora, un manzano con sombra frondosísima de media tarde y un balancín y un libro y la edad en que aún no sabe lo que aguarda. Para Manolo, verbos espaciosos y alegorías llanas por las que pueda transitar hacia sus metas diarias. A Men, un vocablo encalado, con parra y uvas púrpura, en cualquier acantilado del mar Jónico. Para la Rapo, gramáticas ilícitas y consonantes libres, estilos apátridas, miel de genitivos y emociones calcáreas que fortalezcan sus huesos de cítara. A Eugenia, el clima de la palabra Extremadura, y todas las palomas mensajeras que anidan en los alerones de la melancolía.

A María Olga, fíbulas con salmos de oro sobre los que indagar la fonética del tiempo, las sucesivas hebillas de las concordancias y las contraindicaciones del lenguaje antiguo. A Julius, cantigas de Corias y territorios donde maduren sin prisa las pavías y los racimos de la amistad. Para Elena, abrecartas bruñidos que rasguen el quebradizo embalaje de los fósiles. Para la Piterita, agua de lluvia contenida en un adverbio inédito, muy cerca de donde no está permitido arrepentirse. Para Bichitte, caracolas con el susurro del Sena y la beatitud que trasluce en los húmedos muros de las catedrales. A Elisa, la fisonomía del humo y el cromatismo de las horas extraordinariamente hermosas. A Nori, patrones de poemas y dobladillos de voces impredecibles. Para Sibila, un tren de perezosos vagones resplandecientes que no abandone jamás los aromáticos setos de la infancia. Para María toda luz que se enciende cada vez que pronuncia una palabra. Y un abrazo trirreme desde mi norte hasta sus océanos de constancia.

Para mis muertos, mullidas letras y abecedarios de plumas en los que recuesten sus músculos mientras me esperan. A todos vosotros, los que me amáis o me mostráis indiferencia, los que me escucháis o me dais la espalda, a todos, lo más duradero de todo aquello de lo que nada es para siempre. (La Nueva España, 21 de mayo 2008)



Para escuchar: