En poco se parecen a octubre estas mañanas, mas son mañanas frágiles y saben a corteza de humo campesino, a convicción rural, a incertidumbre en rama y de esta voz de liquen han caído estas hifas sin valor ni sustancia.

-Aurelio González Ovies-

martes, 22 de enero de 2013

Diciembre


Diciembre
Con ojos muy distintos

Diciembre con sus cumbres. La vida con sus ocres. ¡Qué altas hoy las nubes; qué sonoros los cuervos; qué gélida la luz, qué solemnes los montes! Hace años miraba con ojos muy distintos estas mismas estampas, estos pinos esbeltos, estas tierras calladas, la vejez de estos robles. Hace tiempo veía la hondura de los charcos, el lento amanecer, el candor del rocío y no pensaba más que en profanar su escarcha, cruzar sus paraísos, beber de sus licores. No apreciaba sino belleza inabarcable, libertad en esencia, avidez de vivir en todos los espacios, con el asombro intacto, con los brazos abiertos, sin temor ni reparo, sin pensar en mañana ni el poco pasado que concierne a los muertos ni en el corto intervalo que acaece a los hombres.


Diciembre. Soledad. Cómo ha cambiado todo? Contemplo una bandada de frágiles gorriones. Recorro la memoria mientras el cielo escampa. No encuentro en el camino más que signos certeros de lo que ya sospecho, armazones de alas, ocasiones inhóspitas como fiebre invencible, como sueños insomnes. Recorro las fronteras de la realidad, me adentro en sus contornos, rastreo sus rincones: no se oyen más que el eco y la humedad. Estas son las jornadas que me duele escuchar, que evoco, pero duelen. No intuyo más que el humo y la piel de la mar. Son estos los crepúsculos que menos me atestiguan y que más me corroen. Frente a mí el faro erguido, que jamás partirá, las desiguales rocas, que tan poco envejecen, el horizonte que, hoy, se intuye a duras penas. Las olas que amontonan basuras entre el ocle.


No me oigo ni a mí mismo, ni me quiero atender ni ansío que me escuchen (qué egoísta, qué yoico, qué simplemente simple, tal vez, piensen algunos). Pero este estado es el que más me complace, el que menos me pesa -muchas veces y nunca-, el que más significa, el que algo me supone: pasan largas horas y no hablo de nada, no me mido con nadie, pienso en nada y soy algo, un ser aletargado, un muy lejos, muy cerca, un ser que se respeta aunque no se conoce.


Un no sé qué que pide a gritos que le amen, un no sé quién que no ama por miedo a que le odien. Diciembre, ¡qué contraste! Yo me acuerdo de ti desde que éramos niños, desde que combatíamos con deseos y carámbanos. Pero nada es lo mismo. Sólo quedan los nombres.

(C) Aurelio González Ovies
La Nueva España, 9 de diciembre de 2012



Voz: Joaquín De la Buelga
La Caravana del Verso
2013

viernes, 4 de enero de 2013

Carta de reis con retrasu




Queríos Reis Magos d'Oriente: nun voi pidivos pa mi un tren y una escavadora, nin una cocina cola cacía pa la mio hermana, nin un frascu Varón Dandy y una muda pa mio pa, nin un pañu y un xuegu toalles pa mio madre. Nun voi ponevos zapatiya nin encargavos que nos pongáis na ventana les bolses revoltixu con rosquielles y bolines d'anís, con ronchitos, llimoninos y uves pases. Tamién ye demasiao tarde.

Más que traeme, quixera que nun me llevareis nada de lo que me queda. Que nun me dexareis enfocicame cuando nun tengo por qué, que nun me permitiereis el luxu de quexame de viciu; que m'abriereis los güeyos pa qu'asuma, valore y me conforme colo puesto, que ye abondo, comparao colo que pudiera ser o lo que tea por venir. Que nun me quitéis nada de lo que tengo y tenemos, nuna palabra. Nada meyor vos pido, nun m'atrevo, pero sí, eso sí, nada peor.

Permitiime siguir amando de forma xigante, con tol sentimientu, lo pequeño, siguir percibiendo eso insignificante que tanto significa, lo cenciello, lo invisible, eso que se nos posa na carne cuando nos caricien, eso que nos revive y nos illumina cuando nos miren como debe mirase, eso que nos trespasa cuando nos garren la mano con verdá y humanidá; lo que ta alredor y nel xestu la flor, lo que ta dientro'l pan, lo que s'escondi na trasparencia l'agua, lo que-y pon soníu y llibertá a la corriente los regatos, lo que suelta nel aire y n'alboriada'l cantu'l tordu.

Permitiime nun olvidame del too, nun perdeme del too, nun abandoname del too, nun dexame atrás del too, nun desorientame del too, Reis Magos d'Oriente; nun estrozar los valiosos minutos, nun renegar de los sueños, nun renunciar a llevantame toles mañanes y agradecer tar vivu, sanu, a gustu conmigo mesmu, respirar fondo y abrir de par en par los brazos con ganes d'alcanzar l'horizonte, de sumime na claridá; con deseos de tragar el mundu, con ansies d'abarcar la lluz, con fuerces pa emburriar les contrariedaes. Con un botón d'esperanza p'abrochame siempre frente a l'advesidá y la penuria.

Daime la posibilidá, dacuando, de volver ser tan feliz como cuando baxaba a la mar y sentábame nuna piedra y cegábame'l veranu y sentíame contentu y anchu; como cuando cavaba cuatro llámpares y diba de poza en poza detrás de les esguiles y de los cangarexos. Como cuando corría pela playa Llumeres, colos pies manchaos de mineral y galipote, pero la mente llimpia y fresca como la salmoria, como la espuma y l'ocle que la marea dexaba na oriella.

Nun m'arranquéis les imaxes más pures, los recuerdos más dulces. Nun dexéis que me flaquien les piernes nes males circunstancies. Que me traicionen la debilidá o la cobardía, que m'afueguen el desengañu, el cansanciu o la rutina. Nun permitáis que se me gaste la fe, qu'escaeza rezar, a mio manera y como m'enseñaron, polo que yo más aprecio, polos que me quixeron y marcharon, polos que yo quixera que tuvieren aquello que nun son a consiguir y bien que lo merecen.

De "Carta de reis con retrasu", publicado en el diario La Nueva España el 9 de enero de 2007.


viernes, 21 de diciembre de 2012

Con ojos muy distintos



Diciembre con sus cumbres. La vida con sus ocres. ¡Qué altas hoy las nubes; qué sonoros los cuervos; qué gélida la luz, qué solemnes los montes! Hace años miraba con ojos muy distintos estas mismas estampas, estos pinos esbeltos, estas tierras calladas, la vejez de estos robles. Hace tiempo veía la hondura de los charcos, el lento amanecer, el candor del rocío y no pensaba más que en profanar su escarcha, cruzar sus paraísos, beber de sus licores. No apreciaba sino belleza inabarcable, libertad en esencia, avidez de vivir en todos los espacios, con el asombro intacto, con los brazos abiertos, sin temor ni reparo, sin pensar en mañana ni el poco pasado que concierne a los muertos ni en el corto intervalo que acaece a los hombres.

Diciembre. Soledad. Cómo ha cambiado todo? Contemplo una bandada de frágiles gorriones. Recorro la memoria mientras el cielo escampa. No encuentro en el camino más que signos certeros de lo que ya sospecho, armazones de alas, ocasiones inhóspitas como fiebre invencible, como sueños insomnes. Recorro las fronteras de la realidad, me adentro en sus contornos, rastreo sus rincones: no se oyen más que el eco y la humedad. Estas son las jornadas que me duele escuchar, que evoco, pero duelen. No intuyo más que el humo y la piel de la mar. Son estos los crepúsculos que menos me atestiguan y que más me corroen. Frente a mí el faro erguido, que jamás partirá, las desiguales rocas, que tan poco envejecen, el horizonte que, hoy, se intuye a duras penas. Las olas que amontonan basuras entre el ocle.

No me oigo ni a mí mismo, ni me quiero atender ni ansío que me escuchen (qué egoísta, qué yoico, qué simplemente simple, tal vez, piensen algunos). Pero este estado es el que más me complace, el que menos me pesa -muchas veces y nunca-, el que más significa, el que algo me supone: pasan largas horas y no hablo de nada, no me mido con nadie, pienso en nada y soy algo, un ser aletargado, un muy lejos, muy cerca, un ser que se respeta aunque no se conoce.

Un no sé qué que pide a gritos que le amen, un no sé quién que no ama por miedo a que le odien. Diciembre, ¡qué contraste! Yo me acuerdo de ti desde que éramos niños, desde que combatíamos con deseos y carámbanos. Pero nada es lo mismo. Sólo quedan los nombres.

La Nueva España, 9 de diciembre de 2012




miércoles, 21 de noviembre de 2012

Buen ahora


Más libertad, más voz. Más ira en la palabra. Nos han envenenado la entereza. Nos han traicionado hasta con el silencio. Nos han descuartizado la confianza. Ha llegado la hora de descastar desdichas y estas tribulaciones que asfixian hasta el aire. Es el mejor momento para arrasar con todo lo que ha sido mentira, con todos los que han ido trazando esta congoja, con falsarios, ladrones y sofistas. Para asolar sospechas, aprensiones, discordancias. Desmantelar designios, ignominias, dividendos y usura. Es época de triunfo y esperanza. El instante preciso para evadir el peso de los amos. Y que reyes y códigos cierren definitivamente sus solapas.

Es el tiempo de repartir el oro de los duques, las minas del mediocre, el botín de los pícaros, las ciudades ocultas, el néctar exquisito, la salud del monarca. De detener el pie que nos humilla, de desgajar la mano que nos prensa, de tabicar los ojos que sindican, de aniquilar el mal que nos aplasta. Es la ocasión propicia para igualar el ras y las desproporciones, para hermanar los desiertos y el piélago, para ofertar el sueño y la certeza, para brindar futuro donde no hay ni presente. Para quemar el germen de las iniquidades. Para replantear la partición del pan, para reconducir la dirección del agua.

Es buen ahora para horadar enigmas y recelos. Para sentirse vivo y valeroso. Para dejar a un lado narcisismos, remilgos y desganas. Para exigir porqués y lo que es nuestro. Para recuperar un poco de amor propio. Para hacernos oír ante los jueces, ante sus indolencias y sus máscaras. Para dejar de ser endebles entidades, risibles espantajos. Es un ahora único para desposeerse de marbetes y clanes, de credos y de lemas, de líderes y piaras. Para desbaratar altares y apotegmas. Para desubicar topografías y lindes. Para reorientar tributos e intenciones. Para transparentar conjuras y atentados, convenios y patrañas.

Es tiempo de gritar con gritos muy tranquilos, con firmeza serena, con fines infalibles, con voluntad intacta. De desprender la bruma que arrastramos, la herrumbre que nos merma, la sumisión, el frío, el descontento, la poquedad, la rabia. De escribir, para siempre, el despecho y las sombras. De estampar, como nunca, decisiones y rúbricas que nos identifiquen con entes virtuosos, con seres animosos, con seres que se entienden, con seres que se aman. Es la estación idónea para aullar al unísono: basta. Para, desde la paz, vociferar sin tregua: ¡Basta, basta. Ya basta!

(C) Aurelio González Ovies
La Nueva España, 21 de noviembre de 2012

Voz: María García Esperón
Música: Yanni
2012




sábado, 3 de noviembre de 2012

¿A qué sabe la muerte?



Pasaron tantas cosas desde que tú te has ido. Son tantos los recuerdos por todos los espacios. Nada es lo mismo cuando nos ocurre un difunto. La vida parte en dos igual que quiebra un vidrio. La noche es más oscura, más opacos sus lapsos. Y la ausencia contagia las estancias del tiempo. Se os echa de menos en cada amanecida. Una parte del mundo pierde rumbo y destino. Soñamos que venís, o que no habéis marchado. Os sentimos entrar en nuestras esperanzas. Cruzar por los horarios, recorrer la rutina. Plegar los infortunios, seguir salvaguardándonos. Pasaron tantos días desde que ya no estáis. Son tantas las preguntas, tan pocos los vestigios:

¿A qué sabe la muerte; podéis incorporaros? ¿Tocáis los cometas, palpáis el infinito? ¿Tiene árboles el cielo, recolectáis sus frutos? ¿Hay nubes entrañables, emuláis su calma? ¿Os perdura la carne, conserváis las manos? ¿Añoráis el mundo, la sed, el tiento, el frío? Cuando os cierran los ojos, ¿vislumbráis lo eterno? ¿Cómo es la luz por dentro; son de verdad los astros? ¿Es insípido el éter? ¿Cuánto pesa el vacío? ¿Os estorban las cepas, os molestan los topos? ¿Cuál es la latitud de un enterrado? ¿Os alcanza la lluvia, os golpea el olvido? ¿Soportáis los inviernos, os erosiona el viento?


¿Nos intuís acaso cuando os invocamos? ¿Sospecháis el perfil de nuestro aspecto? ¿Qué venís a buscar cuando os presentimos? ¿De quién es el espectro que nos asalta? ¿Teméis como nosotros fracasar muchas veces? ¿O es otra cortapisa lo de las frustraciones? ¿Os veis, al fin, más libres, al menos no tan náufragos? ¿Por qué no pudo ser todo lo que quisiéramos? ¿Por qué no quiso ser todo lo pudimos?


¿Comprendéis la vida desde esa perspectiva? ¿Se distingue más diáfano un mínimo sentido? ¿Cómo se justifican los errores humanos? ¿Es cierto que ocupamos lo mismo que una hierba? Cuando os agarrotáis, ¿quién os cambia de sitio? ¿Habéis visto a los otros; os dejan abrazaros? ¿Os agradan las flores que os lleva la gente? ¿Os perturban el culto, los ritos, el bullicio? ¿Nos tildan de farsantes, acaso de insinceros? ¿Qué dicen de nosotros nuestros antepasados? ¿Disponéis de alas, conocéis los trayectos? ¿Os señalan las simas, os inscriben los siglos? ¿Resurge la ceniza, incineran los odios? ¿Perpetúan los estigmas, se nos borran los rasgos? ¿Cuándo veis a dios, recibe sin prejuicios? Son tantos los enigmas, tan larga la existencia... Paz eterna. Descanso.




(C) Aurelio González Ovies
La Nueva España, 31 de octubre de 2012

Voz: María García Esperón
Música: E. Karaindrou
2012

miércoles, 10 de octubre de 2012

Luz de otoño




Esta luz mortecina que tanta vida imprime sobre el ocaso de las cosas. Estos campos que veo, desolados y solos, al margen de los ríos de noviembre. Estas nubes tranquilas, más quietas y más mansas, al fondo del crepúsculo. Este seco silencio de las hojas caídas de los árboles. Esas casas que humean donde empieza y termina la distancia. Esos bosques cansados, esos pastos heridos de ocre puro y vacío son el otoño. Si recuerdo el otoño y sus curvas heladas, retorno a las inmediaciones del frío.

Esta higuera que está desparramada y vieja sobre el pozo. Estos laureles fieles que rodean la casa abandonada. Estos cubos con matas de perejil y lirios. Esta hilera de calas y crisantemos. Estos caminos que nadie transita y van posiblemente a ningún sitio. Estos castaños huecos que quitaban el hambre. Estas horas tan lentas, encaladas y mudas, como de cementerio. Esta silueta humana que cruza los umbrales de la tarde. Esos hombres que esparcen letanías de abono por los prados. Estas baldías llanuras donde se amontonaban edades de narvaso. Estas fincas estériles sin futuro ninguno? Son el otoño.

Estos huertos caducos con berzas espigadas. Esas coladas donde airean las sábanas del tiempo. Esa agave que crece y enraíza y subsiste tirado en la cuneta. Esta tela de araña con restos de una avispa y granos de rocío. Este vaho de los vidrios en que un niño dibuja las primeras vocales. Estos puestos que venden cartuchos de castañas y olor antiguo. Estos bebés que viajan con gorro y sin pasado. Estas calles tan llenas de rostros contrariados. Esos robles desnudos como inmensos espíritus en pena. Estos parques sin jóvenes y sin amor a ocultas. Este eco lejano con el eco lejano de otros días. Esta decrepitud y este claror que bulle sangre adentro? Son el otoño.

Estas gaviotas frágiles que puntean la arena. Esta desierta playa sin rastro de nosotros. Estas algas que pudren como olvidos de mar. Estas olas quebradas que cumplen su rutina. Estas rocas que nunca han cambiado de suelo. Esta bruma que resta existencia al paisaje. Esta lancha que viene, ajena y tarda, como desde la muerte. Estos acantilados por los que aún descienden ágiles pescadores. Esta poza apartada con papeles y restos del verano. Este fragor que llega con chispas de salitre. Este faro orientado hacia la despedida. Este sordo aislamiento de todo lo que observo? Son el otoño.

Esta atmósfera triste que me filtra en la carne. Estos cuervos que graznan entre los eucaliptos. Esta naturaleza detenida y dorada. Esta luna tan llena dominando la noche. Estas estrellas inaccesibles estrellas como nombres remotos. Este vano que siento entre el alma y la voz. Este dolor que llevo desde siempre hasta octubre. Esos perros que ladran y atisbo que estoy vivo. Esta realidad que no es más que un continuo destello a tanta sombra. Estas bayas que arrugan como años que no sirven. Estas moras que invernan en las zarzas. Estos nidos de pega al descubierto. Esta lluvia que cae como melancolía? Son el otoño.

Este rumor que escucho como si los difuntos, incómodos, cambiaran su postura. Este instante tan hondo de aire cálido y nada. Estos cables plagados de estorninos. Estas campanas con su anacronía. Esta paz que respiro aunque quiebre enseguida. Este humo que despide la vejez de la tierra. Estas aves que huyen sabiendo que hay regreso. Esta brisa que roza levemente un helecho. Este arroyo que baja con dos hilos de agua. Estos claros del cielo por los que se adivina la breve eternidad? Son el otoño, indicios del otoño, de esta estación tan «muertamente» viva.

 (C) Aurelio González Ovies. La Nueva España. 19 de noviembre de 2008.

lunes, 1 de octubre de 2012

Más allá, en cualquier parte


Me lo imagino muchas veces: atravesaré el candor inmenso del último crepúsculo, sentiré cómo todo lo que ha estado conmigo fugazmente queda a cada paso más lejano, observaré la brisa entre los árboles, miraré el humo azul de alguna chimenea, el curso de los ríos, la espalda de los campos, la longitud del mar, la forma de la tierra. Cruzaré la apariencia de las nubes. Diré adiós y en silencio ascenderé ansioso la distancia. ¡Qué hermoso lo perdido; qué exiguo, desde arriba, lo dejado! Tan pronto como llegue, comenzaré a buscaros. Tan pronto como alcance la llanura infinita, indagaré qué dirección seguir, por qué rumbo adentrarme, por dónde comenzar a no ser tiempo. Desde todas las lomas, otearé la mansedumbre eterna y avistaré en seguida la senda que me lleve hasta vuestra heredad definitiva. Divisaré los signos con que nos prometimos poder reconocernos: una estrella encendida, la sombra de una higuera, hortensias en los lindes de espigas y lavandas y, en torno a los caminos, saúcos y mimbreras donde aniden los pájaros. Y un petirrojo en tu hombro, mientras lanzas semillas de luz en los espacios.

Pronunciaré los nombres y agitaré los brazos y vendréis hacia mí, como un soplo de aire, seguidos por los perros, nuestros perros, contentos y ladrando. ¡Cuánto tiempo y qué poco! Pareceréis los mismos. ¡Qué alma limpia y joven, qué gestos más humanos! ¡Cuánto temí el momento de no hallaros jamás! ¡Y qué calor más mío el de éste vuestro tacto! ¡Qué piel más conocida la de vuestros espíritus! ¡Cuánto quise soñar las palabras que oigo; cuánto soñé escuchar esta voz y estos labios!

Me enseñaréis accesos y laderas, fisuras desde donde recordar y atisbar el universo. Me diréis cómo pasan allí las estaciones, cómo es vivir de muerto, sin días ni mañanas, sin horas y sin años. Recorreremos juntos, sin prisa y para siempre, la frágil superficie de la nada, sus frondas y sus riscos, sus fincas y sus páramos. Podremos terminar lo que no tuvo fin, revelar lo que nunca creímos oportuno, confesar lo que nunca hubiéramos pensado.

Toda la eternidad para nosotros, sin barreras ni pozos ni alambradas ni obstáculos. Me guiaréis por rampas y por desfiladeros y me descubriréis los frutos comestibles, las hierbas saludables, los manantiales puros de los itinerarios. Toda la eternidad perpetuamente nuestra. La eternidad entera, con los perros alerta y una estrella ardiendo por si alguien más viniera preguntando. (C) Aurelio González Ovies La Nueva España, 14 d octubre de 2009